Biología, heridas de manejo e higienización de herramientas
Este artículo fue revisado por el Dr. Ing. Agr. José Manuel Llorens Climent.

Hay pocos hongos fitopatógenos de las palmeras cuya infección esté tan ligada a las heridas como Thielaviopsis paradoxa. La evidencia disponible indica que, para establecerse, necesita normalmente una puerta de entrada: una herida fresca con tejido expuesto. Esa dependencia es justamente lo que lo vuelve especialmente relevante en el manejo profesional de palmeras, porque trabajos rutinarios como la poda, el trasplante e incluso la endoterapia pueden generar esas vías de ingreso. Este artículo reúne la evidencia publicada sobre el patógeno, su comportamiento oportunista, los estudios disponibles en distintas especies de palmera y, sobre todo, el papel que juegan la calidad de las heridas, la higienización de herramientas y las técnicas de endoterapia en el riesgo real de infección.
Qué es Thielaviopsis paradoxa
Thielaviopsis paradoxa es un hongo fitopatógeno oportunista que afecta a numerosas especies vegetales tropicales y subtropicales, especialmente palmeras, caña de azúcar, piña y banano. En la bibliografía histórica aparece también bajo el nombre Chalara paradoxa, mientras que su fase sexual fue denominada Ceratocystis paradoxa. Esta sinonimia explica por qué los tres nombres aparecen en trabajos científicos sobre un mismo organismo (Monica Elliott, 2006).

El hongo produce dos tipos principales de esporas asexuales: endoconidios, relacionados con la infección activa, y clamidosporas de pared gruesa, estructuras de resistencia capaces de persistir durante períodos prolongados. Esta última característica es importante para comprender su epidemiología: el inóculo puede permanecer en el ambiente y en el suelo mucho después de que desaparezcan los síntomas visibles (Elliott, 2006; Abdullah, 2009).

Trabajos moleculares recientes muestran además que lo que durante mucho tiempo se manejó como una única especie es, en realidad, un complejo más diverso. Un estudio realizado sobre aislamientos obtenidos de palmeras de Florida (EE.UU.) encontró, mediante el análisis de tres genes, dos grupos genéticamente diferenciados dentro del complejo T. paradoxa. La mayoría de los aislamientos correspondió a Thielaviopsis ethacetica, mientras que un grupo minoritario formó un clado separado, con un óptimo de crecimiento a temperaturas considerablemente más bajas y cuya identidad específica todavía no estaba completamente resuelta. En las pruebas de patogenicidad, T. ethacetica produjo lesiones de mayor tamaño y mostró una mayor agresividad (Ayika et al., 2024).
Dentro del mismo género existen además especies con comportamientos y rangos de hospedantes diferentes. Thielaviopsis punctulata, por ejemplo, está asociada al llamado black scorch de la palmera datilera en la región del golfo Pérsico (Saeed et al., 2017). Para quien diagnostica en campo, esto tiene una consecuencia práctica: encontrar “Thielaviopsis” en un informe de laboratorio no necesariamente significa estar frente al mismo organismo ni frente al mismo nivel de agresividad.
Un patógeno que entra por la herida
La Universidad de Florida destaca un aspecto fundamental de esta enfermedad: la infección se encuentra estrechamente asociada a la presencia de heridas frescas, especialmente cuando exponen tejido no lignificado o poco lignificado. No existe evidencia de que el patógeno se comporte normalmente como un invasor primario capaz de atravesar tejido sano e intacto. Es, en el sentido práctico del término, un patógeno oportunista: necesita que exista previamente una puerta de entrada.
Y el inóculo puede estar mucho más cerca de lo que parece. En un relevamiento de suelos realizado en plantaciones de palmera datilera de Elche, España, T. paradoxa fue detectada en el 52 % de las muestras analizadas y T. punctulata en el 100 %. Los recuentos totales de hongos oscilaron entre 1,1 × 105 y 6 × 105 unidades formadoras de colonias por gramo de suelo seco (Abdullah et al., 2009). Dicho de otra manera: la presencia del hongo en el entorno puede ser habitual. Lo que muchas veces define si se produce o no una infección es que coincidan el inóculo y una herida susceptible en el momento y el lugar adecuados.
Un estudio de inoculación controlada en plántulas de palma aceitera (Elaeis guineensis) permite ver esta relación con bastante claridad. Romero, Gaitán-Chaparro y Navia-Rodríguez compararon cuatro métodos de inoculación: infiltración con jeringa hipodérmica en la base foliar, aplicación de una suspensión de esporas sobre tejido previamente lesionado, corte con tijeras contaminadas con el hongo y contacto directo de bloques de agar colonizados con tejido herido. Los cuatro métodos que combinaron herida e inóculo produjeron infección, mientras que los controles no desarrollaron enfermedad. La severidad, sin embargo, cambió considerablemente según la forma de inoculación: la infiltración directa con 1 × 106 endoconidios/mL produjo los cuadros más severos, con más del 50 % de necrosis foliar a las 240 horas. La conclusión práctica es sencilla: la herida abre la puerta, pero la cantidad de inóculo y la forma en que llega al tejido condicionan la velocidad y la severidad del daño.
Síntomas y progresión: cuando se ve, puede ser tarde
Uno de los problemas de esta enfermedad es precisamente lo poco que puede mostrar durante buena parte de su desarrollo. La Universidad de Florida advierte que muchas palmeras infectadas no presentan síntomas externos evidentes antes de que ocurra una falla estructural grave, como el colapso del estípite o la caída completa de la corona.
El programa de manejo integrado de plagas de la Universidad de California describe un patrón similar para la denominada caída súbita de corona. La pudrición puede avanzar internamente mientras la superficie del estípite mantiene una apariencia relativamente normal y el follaje continúa verde. Esta evolución oculta explica por qué el diagnóstico exclusivamente visual tiene importantes limitaciones.
Volviendo a las evidencias de la Prof. Monica Elliot, cuando existen signos visibles, pueden aparecer amarillamiento y marchitez del follaje, tejido del estípite reblandecido y fácilmente deformable a la presión y, en determinadas especies, el característico “sangrado del estípite” o stem bleeding: manchas de exudado rojizo a pardo oscuro sobre la superficie del tronco, particularmente documentadas en cocotero.
Un trabajo realizado en Sicilia sobre palmeras datileras adultas muestra hasta qué punto el diagnóstico visual puede resultar insuficiente. Polizzi, Castello, Vitale y Fruscione inspeccionaron más de 400 ejemplares adultos en viveros y espacios públicos mediante inspección visual, martillo sónico, resistógrafo y tomografía sónica. La incidencia confirmada por aislamiento de laboratorio osciló entre el 40 % y el 80 % según el sitio, y la tomografía fue la herramienta más eficaz para detectar pudrición interna en ejemplares todavía asintomáticos. Un dato particularmente interesante fue que las palmeras enfermas procedían de importaciones desde Egipto, mientras que las datileras locales no mostraron la enfermedad, lo que puso el foco sobre las heridas y el estrés asociados al arranque, transporte y trasplante de grandes ejemplares (Polizzi et al., 2008).
Heridas de origen humano: poda, trasplante y el punto ciego de la endoterapia
Las heridas que permiten el ingreso del patógeno pueden tener un origen natural. Ya sea por daños de insectos, aves, roedores o eventos climáticos (como fuertes vientos que causan fisuras y quiebre del follaje. También puede ser consecuencia directa del manejo humano, como la poda con herramientas inadecuadas (motosierra no higienizada, aceite de cadena, etc.), el trepado con espuelas, el trasplante en sitios incorrectos, suelo complicado y el uso de sistemas de endoterapia inadecuados, que dejan heridas abiertas y/o exudaciones en el estípite de la palmera. Toda esta categoría merece especial atención porque es precisamente aquella sobre la que el profesional puede intervenir.

El programa de manejo integrado de plagas de la Universidad de California es particularmente claro con una práctica frecuente: las podas agresivas destinadas a dar forma de “piña” al estípite o a retirar excesivamente los restos de pecíolos pueden dejar grandes superficies de tejido expuesto y facilitar el ingreso del patógeno. No es lo mismo retirar una hoja seca que realizar una poda cosmética profunda sobre tejido vivo. La superficie, profundidad y estado de esa herida cambian sustancialmente el riesgo.
Como anécdota: En uno de los ensayos de translocación de colorante que hicimos en palmeras canarias en Montevideo durante el 2025, hicimos pequeñas incisiones en palmeras canarias para encontrar restos de colorantes suministrados por endoterapia. Esas heridas causadas con el propósito claro de analisis de tejidos, causó la atracción del Rhynchophorus ferrugineus y su infestación. Luego de los tratamientos, esas palmeras sufrieron deterioro causado por patógenos oportunistas, como la T. paradoxa.
El trasplante representa otro escenario crítico. Arrancar una palmera adulta implica inevitablemente cortar raíces, manipular el cepellón y someter a la planta a un estrés fisiológico considerable. Si a esto se suman heridas en el estípite o en la base de la corona, la ventana de vulnerabilidad puede ampliarse considerablemente (Polizzi et al., 2008).
Y queda la pregunta que motiva buena parte de este artículo: ¿dónde se ubica la endoterapia dentro de este escenario? Una inyección al tronco comienza, por definición, con una perforación deliberada. Eso no significa que la técnica deba considerarse equivalente a una poda agresiva o a una herida extensa, pero sí obliga a tratar cada perforación como lo que realmente es: una vía potencial de entrada que debe diseñarse y manejarse correctamente.
La experiencia publicada por Estévez, Ferry y Gómez desde la Estación Phoenix de Elche señala que la endoterapia lleva décadas utilizándose en palma aceitera y cocotero sin que se haya observado un patrón generalizado de problemas sanitarios o biomecánicos atribuibles a la técnica cuando se trabaja respetando parámetros concretos. Los autores destacan la necesidad de reducir el diámetro de las perforaciones, limitar su número, controlar la presión y trabajar con profundidades adecuadas al sistema vascular de la palmera (Estévez, Ferry y Gómez, 2011).
La explicación fisiológica es importante. Las palmeras son monocotiledóneas y no poseen el cámbium vascular periférico característico de los árboles leñosos. Sus haces vasculares se encuentran distribuidos en fascículos dentro del estípite. Por eso su respuesta frente a una herida no puede interpretarse con el mismo modelo utilizado para una dicotiledónea leñosa. Una perforación pequeña y controlada representa un daño muy diferente de una gran superficie cortada con motosierra, pero tampoco desaparece mágicamente después de cada tratamiento.
Este último punto es especialmente importante cuando los tratamientos son recurrentes. El problema no es solamente el diámetro de una perforación individual, sino la acumulación de nuevas heridas a lo largo de los años. Si cada aplicación implica volver a perforar el estípite, el número de puntos lesionados aumenta tratamiento tras tratamiento. Por eso, cuando la tecnología lo permite, tiene sentido reducir al mínimo la cantidad de perforaciones y reutilizar un acceso fijo, instalado de forma permanente, estanca, sellada e higienizable. No es lo mismo administrar varias aplicaciones a través de una misma cánula o piqueta correctamente instalada que realizar una nueva perforación cada vez.
La endoterapia, por lo tanto, no debe analizarse como una técnica intrínsecamente segura o peligrosa. El riesgo depende en gran medida de cómo se ejecuta: diámetro y profundidad de la perforación, número de puntos, frecuencia con la que se generan nuevas heridas, presión utilizada, calidad del sellado y, muy especialmente, higiene del instrumental y del propio punto de acceso. Y esta última variable merece una sección aparte porque es, al mismo tiempo, una de las más fáciles de controlar y una de las que con mayor frecuencia se descuida en campo.
La higienización de herramientas es lo que más se descuida
Si el inóculo de Thielaviopsis puede encontrarse habitualmente en el suelo y el hongo aprovecha heridas frescas para establecerse, cualquier herramienta que corte, perfore o entre en contacto con tejido expuesto puede convertirse potencialmente en un vector. No hace falta imaginar una contaminación extraordinaria: basta con haber utilizado previamente el instrumental sobre una palmera infectada, incluso todavía asintomática, o haberlo puesto en contacto con tejido en descomposición, savia exudada o restos vegetales contaminados.

Las guías de manejo de la Universidad de Florida y de la Universidad de California coinciden en una recomendación básica: desinfectar las herramientas entre una palmera y la siguiente. Entre los métodos descritos se encuentran soluciones de hipoclorito de sodio, alcohol, compuestos de amonio cuaternario, aceite de pino y tratamientos térmicos, según el tipo de herramienta y protocolo.
La guía de California agrega algo que muchas veces se omite: antes de desinfectar hay que retirar mecánicamente aserrín, savia y restos orgánicos adheridos al instrumental, porque la materia orgánica puede reducir la eficacia de los productos desinfectantes. Y aunque estas recomendaciones suelen aparecer dentro de capítulos dedicados a poda, la lógica sanitaria es exactamente la misma para cualquier herramienta que atraviese tejido: taladros, brocas, cánulas, piquetas y accesorios utilizados en endoterapia.
La diferencia epidemiológica frente a una herida natural es importante. Una lesión provocada por viento, un ave o un roedor suele ser un evento aislado. Una herramienta utilizada sucesivamente en diez, veinte o cincuenta palmeras sin ser higienizada puede transformar una única planta infectada en una fuente de inóculo para todas las intervenidas después. Y esto es particularmente delicado porque una palmera enferma puede no mostrar todavía ningún signo externo.
En trabajos de varias palmeras durante una misma jornada, la higiene no puede quedar librada a la memoria del operario ni considerarse una tarea secundaria. Tiene que formar parte del protocolo exactamente igual que la dosis, el diámetro de la broca o la presión de inyección. Lo mismo vale para los accesos permanentes: si una cánula o piqueta se reutiliza en tratamientos sucesivos, una de sus ventajas es precisamente que puede mantenerse sellada entre aplicaciones, pero debe ser además higienizable antes de cada nueva conexión.
La Universidad de Florida agrega otras medidas coherentes con este enfoque preventivo: evitar reutilizar restos de estípites enfermos como material de relleno o mantillo y limitar el contacto entre partes susceptibles de la palmera y suelo potencialmente contaminado durante operaciones de trasplante. En ausencia de un tratamiento curativo fiable una vez que la pudrición del estípite está establecida, gran parte del manejo de esta enfermedad se juega antes de que ocurra la infección.
Estrés hídrico y salino como factor predisponente
La presencia de una herida tampoco significa que todas las palmeras tengan la misma susceptibilidad. El estado fisiológico de la planta importa. Suleman, Al-Musallam y Menezes estudiaron el efecto del estrés hídrico sobre el black scorch causado por T. paradoxa y otros hongos relacionados en palmera datilera (Suleman et al., 2001).
Las plantas sometidas a estrés hídrico e inoculadas desarrollaron lesiones necróticas significativamente mayores que las plantas bien regadas sometidas al mismo protocolo. En los cuadros más severos las lesiones progresaron hacia cancros, muerte de yemas e incluso muerte de la planta. Los ensayos complementarios mostraron además que el potencial osmótico del medio condicionaba el crecimiento de los patógenos.
La implicancia práctica es directa: no existe una única “herida estándar”. La misma intervención puede representar niveles de riesgo diferentes en una palmera fisiológicamente equilibrada y en otra sometida a sequía prolongada, salinidad elevada o estrés posterior a un trasplante. Cualquier protocolo que implique perforación debería considerar también el estado previo de la planta.
Lo que dicen los estudios sobre distintas especies de palmera
La literatura extensionista de Florida considera a las palmeras, en términos generales, hospedantes potenciales de Thielaviopsis, aunque eso no significa que exista confirmación experimental o epidemiológica para cada especie ornamental utilizada en el mundo. Esa diferencia entre hospedante potencial y hospedante demostrado es importante.
Entre las especies con antecedentes publicados se encuentran el cocotero (Cocos nucifera), la palmera datilera (Phoenix dactylifera) y la palma aceitera (Elaeis guineensis). En esta última se han realizado tanto estudios de inoculación controlada como caracterizaciones de aislamientos procedentes de Colombia, Ecuador y Brasil, tal como mencionamos anteriormente.
También existen reportes en kentia (Howea forsteriana), donde se documentó en Italia un caso de sangrado de estípite y pudrición de tronco causado por T. paradoxa (Plant Disease, 2007), y trabajos recientes realizados en Florida que muestran diferencias importantes entre especies y linajes del propio patógeno (Ayika et al., 2024).
Un ensayo reciente diseñado específicamente para comparar la respuesta de distintas especies de palmera mediante hojas separadas también encontró diferencias de susceptibilidad frente a especies de Thielaviopsis (Plant Disease, 2025). Esto refuerza una idea importante: hablar de “las palmeras” como si todas respondieran igual puede ser útil como regla preventiva general, pero no describe necesariamente la susceptibilidad particular de cada especie.
Para Uruguay y buena parte del sur de Sudamérica sigue existiendo un vacío relevante de información. En la bibliografía revisada no encontramos ensayos de inoculación controlada ni relevamientos epidemiológicos específicos sobre Butia odorata, Butia yatay o Syagrus romanzoffiana comparables con los disponibles para datilera, cocotero o palma aceitera. La ausencia de estudios no debe interpretarse como ausencia de riesgo. Mientras no exista evidencia local que permita establecer otra cosa, el criterio prudente es aplicar sobre estas especies el mismo estándar de reducción de heridas e higienización del instrumental.
Principios de manejo que se derivan de la evidencia
La revisión de estos trabajos deja una conclusión bastante sencilla: frente a Thielaviopsis, la prevención pesa mucho más que cualquier intento de intervención una vez que existe una pudrición interna avanzada. Por eso el manejo debe concentrarse en reducir heridas innecesarias, limitar las oportunidades de ingreso del inóculo y evitar que el propio trabajo profesional se convierta en un mecanismo de transmisión.
En poda, esto significa retirar solamente aquello que realmente necesita ser retirado y evitar intervenciones cosméticas agresivas que expongan tejido vivo sin una justificación agronómica (UC IPM). En trasplantes, significa asumir que la combinación de heridas y estrés fisiológico crea una ventana particularmente sensible y extremar las precauciones durante el arranque, transporte y establecimiento (Polizzi et al., 2008).
En endoterapia, el principio debería ser el mismo: hacer la menor cantidad posible de perforaciones, mantener su diámetro bajo control, evitar presiones innecesariamente elevadas y no convertir cada tratamiento recurrente en una nueva serie de heridas. Siempre que el sistema utilizado lo permita, un acceso fijo, estanco, sellado e higienizable permite administrar tratamientos sucesivos a través del mismo punto en lugar de volver a perforar el estípite una y otra vez. La técnica publicada por la Estación Phoenix muestra que la endoterapia puede utilizarse durante períodos prolongados cuando se respetan reglas precisas de aplicación (Estévez, Ferry y Gómez, 2011).
Y, por encima de todo, cualquier elemento que corte o atraviese tejido debe higienizarse entre palmeras. Una broca que pasa de un ejemplar a otro sin desinfección no es solamente una herramienta: puede transformarse en un vehículo directo entre una fuente de inóculo y una herida recién abierta.
Esto adquiere todavía más importancia en el contexto actual del picudo rojo, donde los programas preventivos pueden exigir intervenciones repetidas durante años. No tiene sentido reducir el riesgo de Rhynchophorus ferrugineus generando al mismo tiempo un número creciente de puertas de entrada para patógenos oportunistas. El objetivo no debería ser dejar de tratar, sino tratar mejor: menos perforaciones, mejor ejecutadas, estancas y selladas, con puntos de acceso que puedan mantenerse limpios e higienizarse correctamente antes de cada intervención.
Thielaviopsis no convierte automáticamente cada perforación en una infección. Pero su biología obliga a recordar algo elemental: una herida fresca es una oportunidad. Y cuando esa herida la hacemos nosotros, la cantidad, la calidad, el sellado y la higiene también son responsabilidad nuestra.

Ing. Tec. Gerardo Grinvald, Director de Equitec
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