Tratar, observar y aprender: la otra parte del control del picudo rojo

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Una conversación reciente con la ingeniera agronoma y arborista Ángela Villademoros de Argentina, que es una reconocida profesional de amplia trayectoria en sanidad vegetal, nos dejó una reflexión que vale la pena compartir.

Ángela nos contaba sobre dos árboles afectados por una misma plaga, en lugares diferentes y con recomendaciones de tratamiento similares. En uno de los casos, el propietario había seguido las indicaciones con especial dedicación, respetando las aplicaciones y manteniendo un contacto permanente con el profesional que lo asesoraba. Se trataba de un árbol al que tenía mucho cariño, que inicialmente parecía tener pocas posibilidades de recuperación y que, con el tiempo, comenzó a mostrar una evolución favorable.

En el otro lugar, los resultados fueron muy diferentes.

Naturalmente, no podemos establecer conclusiones científicas comparando solamente dos ejemplares. Existen demasiadas variables que pueden influir en su evolución. Sin embargo, lo interesante de aquella conversación no era determinar qué tratamiento había funcionado mejor, sino reflexionar sobre algo que muchas veces queda en segundo plano.

¿Cuánto influyen el compromiso, la responsabilidad y la calidad de ejecución en los resultados de un tratamiento fitosanitario?

Es una pregunta que nos resulta especialmente familiar después de estos años trabajando en el manejo del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) en Uruguay.

No alcanza con elegir un buen producto

Cuando se habla de tratamientos contra el picudo rojo, gran parte de las discusiones gira alrededor de los principios activos, las formulaciones, las concentraciones y las distintas vías de aplicación.

Se debate sobre endoterapia, duchas foliares, tratamientos biológicos y otras herramientas disponibles para controlar la plaga. Son discusiones necesarias, porque la eficacia de los productos y la forma en que llegan hasta el insecto son cuestiones fundamentales.

Pero existe una diferencia importante entre la eficacia que puede demostrar un producto en determinadas condiciones experimentales y los resultados que conseguimos cuando lo utilizamos sobre una palmera en condiciones reales de campo.

Una cosa es comprobar que un principio activo tiene capacidad para controlar una plaga. Otra es conseguir que esa capacidad se traduzca en un resultado favorable sobre un ejemplar que puede llevar meses infestado, con daños internos que desconocemos y sometido a condiciones ambientales particulares.

Entre esas dos situaciones intervienen muchas decisiones.

La selección del producto, su formulación, la dosis, el método de aplicación, el momento de intervenir y el estado fisiológico de la palmera condicionan el resultado. Pero también influyen la experiencia de quien realiza el trabajo, el cumplimiento de las indicaciones, la continuidad de las intervenciones y el seguimiento posterior.

Podemos disponer de un producto adecuado y de un protocolo técnicamente fundamentado, pero eso no garantiza que su ejecución sea correcta ni que la palmera vaya a recuperarse.

Tampoco sería justo atribuir todos los fracasos a errores humanos. Hay ejemplares cuyo deterioro es irreversible y situaciones en las que las herramientas disponibles no permiten obtener el resultado esperado.

Lo importante es comprender que la eficacia de un producto y el resultado de un tratamiento no son exactamente lo mismo.

La diferencia entre aplicar y tratar

En nuestra experiencia, uno de los errores más frecuentes es considerar que un tratamiento comienza cuando se prepara el producto y termina cuando se retiran los equipos de aplicación.

El manejo fitosanitario requiere bastante más.

Antes de intervenir necesitamos conocer la especie, evaluar su condición, interpretar los síntomas, considerar los antecedentes del ejemplar y analizar la situación de la plaga en el entorno.

Después debemos definir qué herramientas utilizar, cómo administrarlas y qué objetivos podemos razonablemente esperar de la intervención.

Y una vez realizada la aplicación, necesitamos observar qué sucede.

No todas las palmeras presentan las mismas condiciones ni responden de la misma manera. Una Phoenix canariensis adulta con daños avanzados en la corona no puede manejarse necesariamente con los mismos criterios que una Butia aparentemente sana en una zona donde recién comienza a detectarse la plaga.

Incluso entre ejemplares de una misma especie, ubicados a pocos metros de distancia, pueden existir diferencias importantes en su estado interno, historial de infestación y capacidad de recuperación.

También debemos considerar que una aplicación técnicamente incorrecta puede comprometer el resultado de una estrategia bien planteada.

En endoterapia, por ejemplo, no alcanza con perforar el estípite e introducir un insecticida. Es necesario conocer las características anatómicas y fisiológicas de las palmeras, las posibles consecuencias de las heridas y las condiciones que favorecen o limitan la distribución de los principios activos.

En las aplicaciones foliares ocurre algo similar. La preparación del caldo, la compatibilidad de los productos, la cobertura y las condiciones ambientales son factores que requieren conocimiento y atención.

Por eso insistimos en la importancia de la capacitación y de contar con profesionales que comprendan tanto las herramientas que utilizan como las particularidades de las plantas sobre las que están trabajando.

Cuatro años observando lo que ocurre después de los tratamientos

Uno de los aprendizajes más importantes que hemos tenido en Equitec durante estos últimos cuatro años está relacionado con el uso de sensores sísmicos IoTree para el monitoreo del picudo rojo.

Son dispositivos diseñados para solucionar la detección precoz de barrenadores, registran señales vibratorias que, mediante algoritmos de análisis, y en el caso de las palmeras, nos permiten identificar patrones compatibles con la actividad de las larvas del picudo en la zona de hospedaje dentro de la planta.

Si bien su principal utilidad es aportar información sobre una actividad que puede desarrollarse durante mucho tiempo sin manifestaciones externas evidentes, en nuestra experiencia nos permitió incorporar otra dimensión a su uso, el seguimiento de la actividad detectada antes y después de diferentes intervenciones fitosanitarias.

Esto ha sido particularmente interesante porque no siempre encontramos las respuestas que esperábamos.

A lo largo de estos años hemos observado tratamientos después de los cuales las señales de actividad disminuyeron, mientras que en otros casos los registros continuaron mostrando actividad compatible con la presencia de larvas.

Estas observaciones nos han llevado a revisar principios activos, formulaciones, procedimientos de aplicación y decisiones técnicas que inicialmente considerábamos adecuados.

En algunas situaciones, los registros respaldaron nuestras expectativas. En otras, nos obligaron a cuestionarlas.

Y probablemente ese sea uno de los mayores aportes de esta experiencia.

Antes, gran parte de la evaluación posterior dependía de los cambios visibles en la palmera. Hoy contamos también con registros que permiten analizar la evolución de determinadas señales internas, incluso cuando externamente todavía no se observan diferencias.

Por supuesto, hay límites que debemos reconocer. Una disminución de la actividad detectada no demuestra por sí sola que todas las larvas hayan muerto, del mismo modo que la persistencia de una señal necesita interpretarse correctamente antes de atribuirla a un fracaso del tratamiento.

Los sensores tampoco sustituyen los ensayos científicos controlados. No podemos afirmar que un principio activo sea superior a otro solamente porque observamos mejores resultados en un grupo de palmeras sometidas a condiciones diferentes.

Pero sí podemos utilizar esa información para comparar respuestas, identificar situaciones que merecen una revisión y mejorar nuestros procedimientos.

Lo importante no es solamente disponer de más información, sino estar dispuestos a cambiar nuestras decisiones cuando esa información contradice lo que esperábamos encontrar.

La importancia del seguimiento y la continuidad

El picudo rojo presenta una dificultad particular. Buena parte de su desarrollo ocurre dentro de los tejidos de la palmera, donde las larvas pueden alimentarse durante un período prolongado antes de que aparezcan síntomas externos reconocibles.

Cuando esos síntomas finalmente se manifiestan, el daño interno puede estar bastante avanzado.

Por eso, el seguimiento no debería considerarse una actividad secundaria ni algo reservado exclusivamente para los ejemplares que presentan problemas.

Observar la evolución de la corona, la emisión de hojas nuevas, las condiciones del cogollo y la aparición de posibles síntomas permite reunir información útil para evaluar cómo responde cada ejemplar.

La continuidad de los tratamientos también puede ser importante, especialmente en zonas donde existe una presión elevada de la plaga y el riesgo de nuevas infestaciones permanece presente.

Sin embargo, conviene diferenciar entre mantener una estrategia de protección y repetir aplicaciones de manera automática.

Los intervalos deben responder a criterios técnicos, considerando las características del producto, su persistencia, el método utilizado, las condiciones ambientales y el estado del ejemplar.

Aplicar más veces no significa necesariamente proteger mejor.

De hecho, una intervención innecesaria o mal planteada puede incorporar riesgos sin aportar beneficios demostrables.

La responsabilidad profesional también consiste en saber cuándo corresponde intervenir, cuándo es necesario modificar una estrategia y cuándo lo más adecuado es continuar observando.

La responsabilidad es compartida

La reflexión que dio origen a este artículo también nos recuerda que los resultados de un tratamiento no dependen exclusivamente del profesional que lo prescribe.

En muchos trabajos participan diferentes personas. Quien evalúa la palmera, quien prepara los productos, quien realiza las aplicaciones, quien supervisa los procedimientos y quien mantiene el contacto con el propietario.

Cada una cumple una función y tiene responsabilidades que pueden influir en el resultado final.

También es importante la participación de quien tiene a su cargo el ejemplar. Facilitar el acceso, respetar las fechas acordadas, comunicar cambios y seguir las recomendaciones recibidas puede contribuir a mantener la continuidad de los trabajos.

Pero esto no significa trasladar automáticamente la responsabilidad al propietario cuando una palmera muere.

Quienes prestamos servicios profesionales tenemos la obligación de explicar los alcances y las limitaciones de las intervenciones, utilizar procedimientos adecuados y evitar prometer resultados que no podemos garantizar.

En el manejo del picudo rojo sabemos que una palmera aparentemente sana puede estar infestada, que no siempre conocemos la magnitud del daño interno y que determinados deterioros pueden continuar manifestándose incluso después de una intervención.

La seriedad de un tratamiento también se refleja en la información que recibe el cliente y en la honestidad con la que se comunican sus posibilidades reales de recuperación.

Aprender también de lo que no funciona

En estos años hemos tenido resultados muy satisfactorios y también palmeras que no logramos recuperar.

No todos esos casos representan errores, pero todos merecen ser analizados.

Cuando un ejemplar muere después de recibir tratamiento, no corresponde concluir automáticamente que el insecticida utilizado era ineficaz. Es necesario considerar el estado inicial de la palmera, el momento de intervención, la presencia de daños irreversibles, las condiciones de aplicación y otros problemas sanitarios que pudieron haber contribuido al deterioro.

Y cuando una palmera se recupera, debemos aplicar el mismo criterio.

Un resultado favorable no demuestra por sí solo que determinado producto o procedimiento haya sido la causa de esa recuperación.

En el trabajo de campo es fácil recordar los casos más llamativos, especialmente aquellos en los que una palmera aparentemente perdida consigue recuperarse. Pero si queremos aprender de nuestra experiencia, también debemos observar los resultados menos favorables y aquellos que no tienen una explicación evidente.

Por eso es tan importante registrar las intervenciones, conservar fotografías, documentar las dosis y los productos utilizados y comparar la evolución de los ejemplares a lo largo del tiempo.

En nuestro caso, el monitoreo mediante sensores ha sumado información a ese proceso, aunque sigue siendo necesario interpretarla junto con el resto de las observaciones.

Los registros no eliminan la incertidumbre, pero pueden ayudarnos a reconocer patrones, revisar hipótesis y detectar diferencias que de otra manera podrían pasar inadvertidas.

Y algo que consideramos especialmente importante es no utilizar la experiencia de campo únicamente para confirmar que estamos trabajando bien.

También debemos utilizarla para descubrir cuándo podemos estar equivocados.

El trabajo continúa después de la aplicación

La experiencia acumulada en el manejo del picudo rojo nos ha enseñado que no existen soluciones infalibles ni resultados que puedan garantizarse para todos los ejemplares.

La investigación científica nos proporciona conocimientos sobre la eficacia y las limitaciones de distintas herramientas. El trabajo de campo nos enfrenta con las dificultades de utilizarlas en situaciones reales, donde cada palmera presenta condiciones particulares.

Necesitamos ambas cosas.

También necesitamos más profesionales capacitados, procedimientos consistentes y una actitud crítica frente a nuestros propios resultados.

La conversación sobre aquellos dos árboles no demuestra que el compromiso del propietario haya sido la causa de la recuperación de uno de ellos. Pero nos deja una reflexión que consideramos muy pertinente para el manejo fitosanitario.

Podemos discutir durante horas sobre principios activos, formulaciones, concentraciones y métodos de aplicación. Son discusiones necesarias y deben sostenerse con conocimiento y evidencia.

Pero también necesitamos hablar de quién realiza los trabajos, cómo se ejecutan, qué seguimiento reciben los ejemplares y cuánto aprendemos de los resultados obtenidos.

Después de cuatro años incorporando nuevas herramientas de monitoreo y evaluando nuestras propias intervenciones, hay algo que tenemos cada vez más claro.

No alcanza con creer que estamos haciendo las cosas bien. Necesitamos observar, documentar, cuestionar nuestras decisiones y corregir cuando corresponde.

Porque la responsabilidad de un equipo técnico no termina cuando aplica un tratamiento. También está en lo que hace con la información que obtiene después.


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